Volver no es repetir: es ver distinto
Una carta abierta sobre silencio, pertenencia y verdad
Volví a ese mismo colectivo. A esas mismas calles. Al barrio que, alguna vez, me sostuvo cuando todo era nuevo y yo no sabía a dónde pertenecía.Todo seguía igual: las veredas rotas, las casas viejas, las hermosas fachadas, la esquina embrujada de Freire e Incas. Todo estaba en su lugar. Menos yo.
Hoy sé algo que antes no sabía: mi patria no es un lugar, sino el suelo al que elijo servir. Y ese suelo, hoy, es la Argentina.


Pasaron casi tres meses desde la última vez que escribí para ustedes. Pero no dejé de pensar, ni de sentir, ni de observar. Este tiempo no fue de silencio. Fue de transformación.
Estuve un fin de semana entero en la provincia de Buenos Aires, alejado de toda comunicación, en una casa sin celular ni reloj. Allí el pasto crujía aún húmedo, los pinos eran atravesados por la niebla y abrazados por el ruido del viento. Me alejé del bullicio de la ciudad para escuchar lo que en el silencio se dice, para encontrar respuestas en la conciencia.
Una persona que amo se recibió de médico. Le escribí cartas a mi familia. Logré entrenar y construir un hábito con mi cuerpo, solo para descubrir que mi obsesión con las metas escondía una verdad: no hay tranquilidad en las metas sin un ideal. Y heme aquí, engripado, desorientado, pero con claridad sobre hacia dónde quiero ir.


En estos meses escuché decenas de historias de hombres (y alguna que otra mujer) en situación de calle, y descubrí cuán solitaria está la gente. Estamos. No publiqué nada, pero miré a todos a los ojos. Y pude ver, en mi consciente, que soy el favorito de Dios. Pude darme cuenta de que la vida real está lejos de una pantalla y cerca de las palabras y miradas de la gente —la que elijo tener cerca, y la que no.
Estas experiencias nuevas y diferentes las hice bajo el principio de que no se pueden esperar resultados distintos haciendo siempre lo mismo. Y con la esperanza de que, en medio del ruido mediático donde nadie escucha a nadie, aún hay belleza.
Corrí mucho estos años para graduarme rápido, para conseguir un mejor trabajo, para tener, mostrar y convencer. Me olvidé de que estoy en democracia, aunque muchas de las personas que quiero no. Me olvidé de que soy libre para decir lo que pienso, aunque muchos sean perseguidos.
¿Será que tanta ansiedad y desequilibrio nacen de estar ensimismados, de no ver al otro?
¿Y si la vida estuviera en sentir los pequeños momentos?
En vivir eternamente en los abrazos que damos.
En el brillo de los ojos de nuestros amigos cuando divagamos sobre temas sensibles con un vino mendocino de por medio.
¿Y si la vida no es el resultado de nuestro trabajo, sino los mates que compartimos con nuestros compañeros?
¿Y si la vida es el suspiro que sentimos cuando esa persona que nos gusta aparece en el día en que no queremos hacer nada?
Discúlpenme si sueno irreverente, pero quiero pensar que mi esencia habita en las conversaciones profundas de los que nos juntamos un martes a discutir sobre la fe, o en el coraje de mi madre al decirme que me extraña.
Pueden llamarme irracional por vivir la vida pensando que somos más que un molde, pero nunca me sentí más vivo que al reír sin parar con mis amigos, o al emocionarme al escuchar los proyectos de otro.


Estoy en el mismo bondi, ahora volviendo a casa. Un chico de mi edad, con un buzo negro y la capucha puesta, mira por la ventana. La avenida Cabildo parece eterna. Está iluminada por negocios locales cuyos carteles reflejan sobre el asfalto.
¿Estará cansado? ¿Extrañará a alguien? ¿Dormita? ¿Toma una decisión importante?
Más adelante, en el espacio de personas con discapacidad, otro flaco se apoya contra la pared y scrollea sin parar. Mira de reojo, quizás para no pasarse de parada.
¿Cuáles son sus miedos? ¿Vuelve a casa? ¿Va a ver a su pareja? ¿Es feliz?
¿Por qué hemos olvidado que lo que nos diferencia como especie es el pensamiento crítico?
¿Nos hemos vuelto seres automáticos? ¿Dónde dejamos nuestra curiosidad por la vida, el interés, la necesidad de entender las cosas, básicas o no, que nos atraviesan?
¿Tenemos que estar en nuestro lecho de muerte para hacernos las preguntas fundamentales?
¿Nos atrofiaron el intelecto, la empatía y la esencia los tiempos modernos, la tecnología y el egoísmo?
Vuelvo desde Arroyo y bajo en Crámer. Dos chicos están sentados en el piso frente a Olazábal tomando una cerveza. Hace 6 grados. No hay nadie más. Ríen estridentemente e intercambian miradas cómplices.
¿Será la primera vez que el tiempo se les detiene al mirarse? ¿Sentirán frío pero se abrigarán en el calor del deseo? ¿Volverán juntos? ¿Se extrañarán en unos años?
¿Cuántas cosas magníficas suceden frente a nosotros y decidimos ignorar?
Se nos pasa la vida, y solo hacemos que resignarnos. Qué humillación para nuestra especie.
Entregamos nuestro tiempo al consumo de dopamina que destruye nuestro intelecto, autoestima y esencia. Nos volvimos dependientes de la aprobación externa. Matamos nuestro ser creativo solo para encajar. Renunciamos al don de la vida solo por pertenecer.
¿No es insostenible? ¿No es incongruente con nuestra naturaleza?
¿En qué momento la necesidad de aprobación reemplazó a la fidelidad con nuestra esencia?
¿En qué momento dejamos de compartir la forma en que percibimos el mundo para solamente compartir nuestras desgracias?
Todo nos recuerda lo importante que es ser humanos, y sin embargo hemos decidido silenciarlo.
¿Desde cuándo preferimos mirar una pantalla antes que un amanecer?, ¿Desde cuándo es prioridad saber la vida de un conocido antes que escuchar a quienes más nos importan?, ¿Desde cuándo nos resignamos a scrollear antes de dormir, en lugar de reflexionar, meditar o rezar?
¿Cuándo fue la última vez que escuchaste en lugar de oír?, ¿O que observaste cómo se reflejaba un edificio sobre otro a las 17:15?, ¿O que notaste cómo la peca de tu mejilla derecha quedó como marca del último verano?, ¿O que lloraste porque no sabías hacia dónde ibas? ¿O que te volviste a ignorar, suprimiéndote la voz de la conciencia?
Hace días que no publico para ustedes, pero llevo semanas haciendo algo más simple y valioso: sentir, observar, escuchar y escribir.
Ayer salí de un café en una calle concurrida de esta ciudad indiferente. Volví a saludar a los de siempre y encontré un libro. Estaba iluminado por una lámpara cálida, seguramente de segunda mano, redonda. El libro reposaba en un estante lleno de plantas y parecía querer encontrarme. Se llamaba La prochaine fois que tu mordras la poussière, de Pascot.
Atónito, lo abrí. Había una dedicatoria:
“Jorge!! J’t’ai pas oublié, idiot :)”
El libro me había encontrado. Alguien con quien conecté semanas atrás estaba queriendo hablarme, en silencio.


Existe un mundo alterno que sucede frente a nosotros. Historias simultáneas que nos involucran, que en medio de esta vida “ordinaria” nos gritan que somos protagonistas.
Y aunque podemos elegir conscientemente, muchos optan por una vida vacía, atópica, desganada. No es el logro, el triunfo o el trofeo lo que realmente mueve al ser humano. Es la capacidad de habitar el presente y la sensibilidad para domar la perspectiva, el verdadero regalo.
Nos vemos la semana que viene. Me siento afortunado de volver no sólo a compartir con ustedes, sino a escribir desde el corazón y la verdad.
Les quiere,
Jorge




You can take the boy out of Belgrano R but you can't take Belgrano R off the boy
Que bueno que volviste! Extrañaba tus textos ☺️