Tupi or not tupi: una semana siendo Paulista
Bom dia, meu nome é Jorge
Es imposible no haber oído hablar de Brasil alguna vez, aún más si vives en Buenos Aires.
Durante los últimos años, sin darme cuenta, estaba rodeado de amigos brasileños. Eso hizo que fuera adentrándome en sus matices culturales, por ejemplo, conocer sobre su música, comida e incluso aprendí portugués como una consecuencia de compartir y preservar estas amistades. Sin embargo, aún cuando me he adentrado en la cultura, es inevitable no pensar en los estereotipos sobre qué significa ser brasileño, ya que acá en Buenos Aires “es uno de los pocos casos en que los inmigrantes brasileños, más que estigmatizados, son exotizados.”
Así que, después de proclamar Fôrça Bruta de Jorge Ben Jor como uno de mis álbumes favoritos, cuestionar mi migración como venezolano a través de la mirada antropofágica modernista de Tarsila do Amaral, desarrollar una obsesión por la Paçoquita rolha, tomar suficiente café Pilão e incluso llegar al punto de casi estar de novio con alguien de Minas Gerais, estaba listo para conocer Brasil en persona y poner en práctica mi portugués porteño.
Estaba hablando con Libertad —mi mejor amiga, quien migró a Manaos hace unos 10 años, quién luego se estableció en São Paulo y terminó hablando mejor portugués que español— sobre la idea de vernos.
Quienes han migrado o vivido un intercambio y tienen a una parte de sus amigos repartidos por el mundo saben lo difícil que es mantener vínculos a la distancia. Bastó solo una tarde, una llamada de FaceTime y una planilla de Excel para planificar lo que, para mí, fue uno de los viajes más enriquecedores que he tenido y, por supuesto, pasar Navidad con ella.
De todas las playas paradisíacas brasileñas por las que pude haber comenzado en pleno verano decidí ir a São Paulo, la ciudad, no Maresias. La verdad 3 de cada 5 brasileños, te va a decir que no le gusta esta ciudad y que además es especialmente inseguro. Sin embargo, decidí no tener expectativas y enfrentar este viaje de la manera en que me gusta conocer nuevos destinos, a través de la inmersión.
Lo que más me atrae de las nuevas ciudades son los museos, la gastronomía local, la oferta de café de especialidad y, sobre todo, hacer lo que hacen los locales los domingos.
Para este viaje, las reglas no escritas eran: comer sólo en lugares paulistas, usar el bondi, comer açaí, no hablar español ni inglés y descubrir qué significa ser paulista. Así que hablé con varios amigos y armé un schedule imposible, pero ambicioso.
Ahí estaba yo, decidido a conocer el Brasil de la cultura, el Brasil real, a través de los ojos de la ciudad más grande de Latinoamérica.
Durante mi estadía, me quedé en la casa de los Brito, en Guarulhos, a las afueras de la ciudad, aproximadamente a 30 km del centro. Esa distancia fue la excusa perfecta para observar los contrastes entre la periferia y el corazón de São Paulo.
La noche que llegué, confirmé lo que Alexandre, uno de mis amigos “amazónicos”, me había dicho la noche anterior: "Amigo, te va a encantar. Es infinita, impredecible y está llena de estímulos." Creí que estaba exagerando, hasta que, un par de días después, ya había dicho "Boas festas" al menos cien veces y había caminando en Havaianas atravesando un río de lluvia en el centro de la ciudad, desde el Mercado Municipal hasta el Mirante Santander, el agua era tan alta que los autos no podían avanzar.
Las personas son extremadamente atractivas, diversas y gostosas
Como si el cronómetro para lograr ser exitoso estuviera por terminar, el Paulista camina seguro, en havaianas, como si el cuerpo no le pesara, algunos con un degradé y taper-fade perfecto y otros con el pelo salvaje, mientras te miran a los ojos y te hacen saber que están en dónde quieren estar.
¿Por qué todo el mundo es tan atractivo en esta ciudad? No importa si eres hombre o mujer, definitivamente esta ciudad te hará dudar de tu sexualidad.
El paulista no solo es atractivo, sino que parece haberse graduado con una licenciatura en Marketing.
Mientras iba en dirección Jabaquara y para hacer combinación con la línea amarilla y descender en la estación Luz, vi cómo una señora manchó una remera con salsa de tomate en pleno subte, colgada de un gancho en el apoya manos. Le aplicó un producto, la mancha desapareció al instante, y en menos de 4 minutos vendió cinco frascos mal etiquetados de ese producto de dudosa procedencia por casi cinco dólares (treinta reales), descendió y siguió con su día. Cátedra en venta por impulso, social proof y marketing de contexto. Brillante.
No sé si es la mezcla de orígenes que crean una vibrante versatilidad en los estilos o el estilo de vida activo, o incluso la vocación brasileña por la felicidad, que terminé enamorándome múltiples veces y pensando que tal vez los estándares de belleza en Buenos Aires son un poco nocivos y que tal vez Brasil está un poco más relajado en ese sentido. Tal vez no sea un solo factor, sino la sinergia de varios elementos lo que le da a gente en São Paulo ese je ne sais quoi.


Los museos Paulistas gritan lo que las calles susurran
El arte latinoamericano le debe mucha de su columna vertebral a Brasil. Es surreal la intensidad del arte brasileño. Está lleno de dolor, resiliencia, idiosincrasia, originalidad y eco.
Visité el MASP, El Museo de la Lengua Portuguesa, La Pinacoteca, El CCBB y otros más. Debo confesar que estaba muy intrigado sobre conocer parte de las piezas del universo antropofágico de Tarsila —hablaré en un segundo de eso a profundidad. Pero dejándolo de eso lado, a pesar de los grandes artistas, las colecciones permanentes y los acervos históricos del arte mundial que se exhiben en las salas Paulistas no pude dejar de pensar en Flávio Cerqueira, es un escultor contemporáneo, trabaja con procesos tradicionales de fundición de bronce y tiene la figura humana como protagonista de su poesía.

Cuando ingresé al Centro Cultural del Banco de Brasil estaban sus obras, y tuve que parar para procesar lo que estaba sintiendo, había alguien que estaba esculpiendo el existencialismo, la pérdida, el duelo, la urgencia de la inmediatez, la procrastinación, el narcicismo todo bajo la figura de la nostalgia y el retrato del yo más pequeño, que invita a reflexionar cómo es que a través del hacer está la única salida de la incertidumbre y cómo crear arte, no sólo te salva sino te define, como humano y como sociedad.
"Por suerte, los artistas que más admiraba siempre hablaban de sí mismos, de sus historias, sus traumas, sus angustias y sus deseos, sin nadie a su lado para "explicar". Esas historias no eran solo suyas, también eran mías. Lo vi, lo sentí y me emocioné". Flávio Cerqueira
Mi obsesión por Tarsila do Amaral, Brasil y la búsqueda de mi identidad
Emprendí el desafío de migrar para poder disfrutar de derechos básicos que han sido abruptamente saqueados en uno de los países más ricos del mundo. Siento a nuestra generación los que tuvimos que migrar —los nacidos a principios de los años dos mil que se nos ha privado de una información valiosa sobre lo que significa ser realmente venezolano.
Hay un secreto oculto en nuestro bagaje artístico, tradicional, que susurra cada vez más bajo en la medida que pasan los años y que mi generación, apenas percibe, porque quedó aturdida por el caos insaciable de la corrupción, la destrucción ética, moral y hasta estética de nuestra cultura.
Recuerdan con recelo y humillados quienes conocieron el secreto —de qué significa realmente ser venezolano, pero que, tras ser vulnerados y degradados en condiciones jamás pensadas, concluyeron que fue la parte de una historia demasiado buena para ser contada y que se almacena dolorosamente en el subconsciente de los que dijeron con orgullo “yo soy de esta tierra”, dejándome a mí a un miles de jóvenes venezolanos dubitando sobre un concepto distorsionado de qué significa haber nacido allá, y si nuestro país es únicamente los últimos veinticinco años.
En el 2020, comencé a frecuentar el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) y me encontré con Abaporú, un ícono del arte brasileño. Si eres brasileño es muy probable que en el secundario no solamente hayas estudiado esta obra sino que estés cansado de verla. Para mí fue la respuesta —aunque no lo supe en ese momento— a qué significa migrar.
Los venezolanos migrantes estamos constantemente “devorando las influencias extranjeras y cuidadosamente digiriéndolas para convertirlas en algo nuevo” tal como lo hizo do Amaral.
A partir de entonces, el universo Antropofágico introducido por Tarsila “que dio lugar al modernismo en Brasil y que consiste en «canibalizar» el arte extranjero y crear junto a características y elementos de la cultura local un nuevo tipo de arte. Así la cultura popular brasileña se mezclaba con las influencias europeas para crear obras, que sin perder su identidad indigenista, y tras su «digestión» darían lugar a una identidad distintiva, algo típicamente brasileño.” Según López M. Guillermo. Significó para mí una conexión no sólo con mi historia sino con el arte latinoamericano.
En São Paulo, conocí otras de las obras de su universo que reflejan lo importante que fue su trabajo no sólo como latinoamericana sino como mujer. Y qué curioso entonces en medio de este viaje concluí que: absorbemos la cultura del mundo —en mi caso la Argentina, para fusionarla con la nuestra, herida, y sembrar cómo generación, nosotros los de los dos mil, una nueva venezolanidad que no tiene fronteras ni límites culturales.


No hay avocado toast, sí Frango-Catupiry toast
Si hay algo que saben hacer bien los brasileños es reír, bailar pagode y comer comida de verdad. Aunque Buenos Aires es infinitamente superior en el café, São Paulo es bastante sólido en sabores que reflejan mucho el temple de su gente. Desde el famoso pan de queso, el sándwich de mortadela hasta los pasteles.
Futuro Refeitório, es un café-restaurante en Pinheiros, es el equivalente a Chacagiales, el café filtrado es a must pero el pan de queso de este lugar, fue el mejor que me comí en mi vida.
Yendo a un clásico Paulista, el Mega Sándwich de Mortadela del Mercado Municipal, todos te van a decir que vayas al Bar do Mané, sin embargo, Libertad y yo preguntamos a varios dueños de locales del mercado y todos comen el primer puesto a la izquierda entrando por la Rua E, donde una señora de unos 65 y otras colegas contemporáneas tienen el mejor y más barato sándwich de mortadela.
Caminar por Avenida Paulista, es como caminar por Corrientes, pero no se acaba, es infinito. Yo necesitaba urgentemente un flat white y un avocado toast así que fuimos al restaurante que queda en el mirador del SESC, y me sirvieron una tostada de frango con catupiry y ahí entendí que estaba oficialmente en Brasil.
Pudiese seguir mencionando sobre los locales que me gustaron pero no quiero convertir este artículo en una guía de la chica del brunch, sin embargo, si eres de los que quiere la data te recomiendo los siguientes: Bar dos Arcos, Yakisoba Lucky en Liberdade, King of the Fork (el mejor café en granos de la ciudad) and so on.
Tal vez no pueda ser Paulista, pero sí puede ver lo ecléctica que es su ciudad
São Paulo es infinita, caótica y tiene un ritmo frenético. En cada esquina descubrí un nuevo matiz de su identidad.
No es una ciudad que se deja conocer de inmediato. Es un lugar que te desafía, que exige tiempo y curiosidad —lo cuál me atrae ya que se asemeja a Buenos Aires en ese sentido—que te obliga a abrirte a su diversidad para realmente absorber su esencia.
"Tupi or not Tupi", la premisa del manifiesto antropofágico brasileño, resuena en cada rincón, São Paulo devora influencias del mundo y las regurgita con una identidad propia, reinventándose sin perder su esencia.
Nunca seré paulista, pero este viaje me permitió sentirme parte de su ritmo por unos días. Aprendí que la belleza aquí no está en la perfección, sino en la autenticidad de su gente, en la mezcla de culturas, en la capacidad de reinventarse constantemente. Volví con la certeza de que São Paulo no se visita, se vive. Y aunque haya sido por un breve instante, guardaré con mucho cariño conocer este pedacito de Brasil.
Entonces, sí este viaje fuera una playlist de diez canciones claramente sería:







que lindo relato, la verdad es que são paulo es increible y única exactamente por ser una mezcla de tanta gente de toda parte de brasil e del mundo. amé tu interpretación del lema modernista de tarsila desde tu mirada como un latino expat. eso es exactamente ser antropófago. un abrazo george!
Espectacular como siempre, un poco de todo, un mashup