Todo lo que quería hacer, alguien ya lo hizo mejor
La única salida del caos es crear algo, aunque nadie lo pida, aunque esté mal hecho.
Si enero fue un free-trial, no sé si estoy listo para pagar la suscripción al 2025. Al menos no haciendo las mismas cosas que hice en el 2024.
No es que quiera cambiar radicalmente mi realidad; más bien, siento un vacío extraño al darme cuenta de que hay algo que se me está escapando, algo que he dejado pasar por alto, a pesar de haber hecho todo lo que “debía” hacer el año pasado.
Vivimos en un mundo que se mueve a una velocidad absurda, esa es la verdad. Entre la urgencia de tener la vida resuelta antes de los 25, la presión de estar en el algoritmo para no desaparecer y el avance imparable de la inteligencia artificial, es difícil no caer en la trampa de pensar que todo lo que quiero hacer, alguien ya lo hizo mejor.
El problema no es llegar tarde a ejecutar nuestras ideas, sino nuestra incapacidad de ignorar las distracciones.
Me convertí experto en renunciar antes de empezar, y me encuentro constantemente cuestionando las decisiones que tomé en 2024. ¿Cuántas fueron hechas por lo que se esperaba de mí y cuántas fueron realmente mías? No hablo de escoger entre un café caliente o frío camino a la oficina, sino de si esas decisiones son congruentes con lo que realmente soy.
¿No estaremos pagando un precio exorbitante al vivir en piloto automático? Como si la vida pasara, pero no nuestra vida con ella. ¿Por qué actuamos pasivamente, en vez de ser retóricos con nuestras decisiones?
Este pensamiento me surgió un lunes a las cuatro de la tarde, en medio de las ruinas de San Ignacio, a 1.033 km de casa. Mientras una amiga intentaba explicarme cómo fueron expulsados los jesuitas en 1700, yo solo podía divagar, cuestionándome qué era eso que estaba pasando por alto, aún en el medio de la nada.
No importaba que hubiese hecho todo lo que se esperaba de mí; ahí estaba yo, con mi lista de pendientes llena, sintiendo que no había cumplido nada de lo que realmente quería el año pasado.
Si fui yo quien tomó las decisiones, ¿Por qué tanto problema? La respuesta me elude, pero hay algo claro: estoy buscando desesperadamente una razón, algo que me revele por qué no consigo empezar las cosas que realmente me importan.
He conocido a personas con un talento absurdo, viviendo vidas miserablemente monótonas, atrapadas por la falta de ejecución de los proyectos que les apasionaban. Ver cómo el brillo de su creatividad se disipa en la rutina del “es lo que me tocó hacer” es devastador. También he conocido a personas aparentemente sin talento, viviendo vidas asombrosas, construidas solo con disciplina. En sus ojos se ve una satisfacción que te regaña con fuerza: el dolor del esfuerzo es infinitamente más ligero que el del arrepentimiento. Ambas perspectivas son igual de aterradoras.
Por eso me replanteo quién soy realmente. Y cómo no tener esa respuesta clara me impulsa a explorar nuevos espacios creativos. En esos momentos, surge un renacimiento prismático: una versión de mí que se escapa del inconsciente y toma forma en el mundo real.
¿Por qué escribo?
Hace dos años —en un arranque casi neurótico, me angustié al no haber consolidado nada creativo que pudiera compartir con el mundo. Para aliviar la culpa, me justifiqué con la excusa de que “no tenía un lugar donde hacerlo”. Pero esa vez hice algo diferente: puse un post-it en mi escritorio que decía: “The urgency to create a place to drain all creative artwork”.
En su momento, no lo dimensioné, pero esa frase era la pieza que faltaba para completar el rompecabezas. Nos hace falta permitirnos planteamientos retóricos. El desafío del artista no es solo crear arte, sino construir un lugar para que el mundo lo critique y dialogue con él. Para mí, ese lugar es este newsletter.
En 2019, sin saber que se convertiría en un hábito, cuando me mudé a Argentina, compré un sketchbook y me prometí escribir en él. No sabía qué escribir, pero escribí. Hoy hay poemas, crónicas y opiniones que nadie pidió, suficientes para armar una novela. Ahora, una selección de las boludeces más relevantes será compartida con ustedes.
¿Para quién escribo?
Todo lo que hago, lo hago para mi versión de 17 años. Lo único que tengo en común con ese yo adolescente es la necesidad intrínseca de crear, no solo por placer, sino como mecanismo de defensa.
¿Qué puedo esperar de este newsletter/blog y con qué me voy a encontrar?
Mi idea es compartir no solo artículos de opinión que irán surgiendo en los próximos meses, sino también diversos temas que incluyen:
Reseñas sobre películas, álbumes, arte que consumo y que hacen que mi vida se sienta como una película dirigida por Luca Guadagnino —a veces.
Conversaciones alrededor de Buenos Aires, el mismo café de especialidad de siempre, ser parte de la generación Z en el mundo corporativo, migrar, habitar el buen diseño, matar a la procrastinación y planificar el funeral del corto plazo.
Poemas y crónicas que he ido escribiendo a lo largo de los años y que evidencian lo pelotudo que uno puede llegar a ser cuando te enamoras, te mudas de país o simplemente piensas demasiado.
Contenido nuevo todas las semanas, nos vemos el próximo miércoles.
Bienvenido/a.







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