¿Es Lux de Rosalía el mejor álbum del año?
Ego sum nihil, ego sum lux mundi
“Yo soy nada, yo soy la luz del mundo”, canta en latín Rosalía. Este álbum parece luz en medio de una industria musical que está en la penumbra.
No sabía qué esperar de Lux y mucho menos imaginé que terminaría escuchando las mismas quince canciones durante dos semanas seguidas pero tengo mucho qué decir al respecto.
En el 2025 pareciera que todos los artistas hacen música dentro de un mismo universo creativo, Rosalía de la nada, luego de tres años se estrella hacia un espacio distinto.
Desde el polémico anuncio de álbum en un live de tiktok Rosalía manejaba un auto, fumando un pucho mientras corría luego por la Gran Vía con la gente medio en pedo, para mí, eso fue un glance de la vibra del álbum: luz y caos, misticismo y calle, algo que no intenta impresionar pero igual te deja pensando que está por venir algo distinto.
Lux suena a una obra sinfónico-lírica que respira, cruza géneros y construye sentido sin depender de la inmediatez ni de irse viral. En un panorama dominado por formatos pensados para generar dopamina barata, este albúm en vez de orquestar el robo de tus segundos de atención: impone calma, detenimiento, y literalmente pone a la Orquesta Sinfónica de Londres en el centro de algunas piezas. Cada canción es distinta, pero todas se sostienen dentro de una narrativa que avanza casi como una ceremonia. El multilingüismo —porque decidió cantar en más de diez idiomas, just because— no funciona como adorno, sino como el sistema nervioso del álbum: un modo de sostener la historia desde múltiples voces sin quebrar su unidad.
El resultado es un disco impecable, de esos que no parecen “esforzarse” por ser grandes: simplemente lo son. Hay una claridad creativa que no se ve todos los años. Puedo percibir que hay una intención estética que se siente alineada, honesta, cero forzada.
Lux construye un universo que coquetea con la divinidad, pero sin moralizar ni buscar trascendencia obvia. Desde las referencias a Shakespeare hasta el latín inesperado en Porcelana —“Ego sum nihil, ego sum lux mundi”— el álbum trabaja lo sagrado como un lenguaje estético más. En pleno 2025, que una artista traiga una ‘lengua muerta’ al centro del pop global es un gesto que va más allá de la provocación: reabre un espacio que parecía cerrado.
Quizás me tocó porque crecí viendo esas inscripciones en latín en catedrales y, con los años, volví a encontrarlas en distintas ciudades como si fuesen un código familiar. Incluso llegué a rezar en latín un tiempo, más por intuición que por motivación estética y con la ilusión ingenua de que de esa manera estaría más cerca de Dios. Escucharlo ahora en un disco así no me remite a religión, sino a la idea de que el sentido también puede aparecer fuera del ego, en un lenguaje compartido.

Hay algo de ese impacto que me recuerda al primer encuentro con Born to Die: la sensación de entrar a un universo completo, donde estética, referencias y sonido trabajan en la misma dirección. Si Lana abrió un mapa, Lux parece marcar otro completamente nuevo.
Es difícil de decidir cuáles son las canciones que no he parado de escuchar pero tengo dos que me delatan, sin embargo, recomiendo la experiencia de ir de la A a la Z escuchándolo en orden y en un momento que se preste para apreciar todo el laburo que hay detrás.
Mis favoritas: La Yugular, Berghain.
Non-skippeables: Porcelana, Reliquia, Dios es un stalker, La rumba del perdón.
Favoritas de la crítica: Berghain, Mio Cristo Piange Diamanti.
Favoritas de TikTok: La Perla, Sexo, Violencia y Llantas.
Debí tirar más fotos es, quizás, el único lanzamiento del año que podría competirle a Lux. Esexua y Mayhem son trabajos interesantes, necesarios de traer a la conversación, pero no presentan nada que no haya escuchado antes. Lux, en cambio, destaca, es pegajoso, adictivo. Suena impecable: preciso, cuidado, lleno de una claridad creativa que no se siente forzada ni estratégica. Y, sobre todo, porque no hay nada sonando como Lux en este año. Basta con el lanzamiento de Berghain para entender que estábamos adentrándonos en un nuevo idioma. No intenta impresionar; simplemente sucede, de manera natural, como un proyecto que llegó al lugar exacto donde la artista tenía que llegar.



