Es domingo
No me rompan las bolas
Los domingos no me gusta hacer planes.
Despierto en la mañana sin alarma. Antes de los días fríos (durante el verano, la primavera y los primeros días de otoño) uso la bicicleta del gobierno, o la que era del gobierno y ya no lo es más, para pedalear por la ciudad. A veces invito a Francisco, que no se queja si pedaleamos la ciudad de punta a punta; otras veces, como hoy, me gusta estar solo.
Los domingos me gusta escuchar los discos de inicio a fin, me parece una falta de respeto no hacerlo.
Existe una sensación efímera de libertad al no planificar un día de la semana. Un momento para responderse sólo a uno mismo, para observar las veredas, el asfalto, los carteles, las puertas, las fachadas y los cachorros intrépidos; para ver qué hacen, para ver si están bien, ¡para ver si han cambiado!
Algunos domingos, cuando no ando en bici, me gusta pasar por el santuario de las hermanas Schoenstatt. Otros domingos, cuando elijo pedalear, voy desde Belgrano hasta San Telmo, como para ver mutando los fenotipos barriales. Me gusta detenerme en Caballito o Chacarita, tomar un café frío sin importar la estación siempre y cuando esté acompañado, y caliente cuando ando solo por ahí.
Los domingos que no hay bicicletas disponibles y me dispongo a caminar, lo hago sin dirección. Suelo llamar por celular a alguien para estirar el tiempo; a veces es alguien de mi familia —lo cual es menos frecuente—, a veces algún amigo que vive afuera.
Otros domingos me gusta ver a Giulia. Desde que mi alergia empeoró suelo ver menos a Leonidas y Doha —nuestros gatos—, aunque eso me rompe el corazón. Suele venir a casa Giulia; hacemos comida o vamos por ahí.
Los domingos son días muy vivos. En Buenos Aires la gente adora ir a los parques y a las plazas; yo prefiero caminar, la verdad.
Algunos domingos lavo la ropa, aunque esté agendado en el calendario que se hace los días sábados. De los sábados no hablaremos; eso es un asunto muy distinto.
Existen otros domingos donde estudio, aunque prefiero hacerlo en la semana, ya que se siente a veces como una obligación, y las obligaciones, las diligencias y el trabajo se hacen en la semana (hasta el día que salga de la rat race) y no el domingo.
Los domingos pienso mucho sobre mis decisiones: sobre si debí haber estudiado arte, o haber seguido tocando el violín, o haber continuado jugando al tenis; o si debí seguir mis aspiraciones diplomáticas; o si debería ver más seguido a mi familia, o si ellos deberían verme más seguido a mí.
Los domingos también me gusta escuchar a Simón Díaz e ir al museo. Evito ir acompañado, así no me apuro, no tengo que decir qué pienso y puedo mirar a las personas observando las obras. No voy todos los domingos al museo; es más algo esporádico, y cada vez que voy a la taquilla me arrepiento de no haber pagado la membresía (que cuesta lo mismo que el ticket de los domingos). Pago mi entrada y entro a regañadientes.
Algunos domingos pienso en mis amores pasados; me pregunto qué estarán haciendo. Otros domingos pienso en mi familia, o en mi infancia, o en el lugar donde nací, objetivamente, sin tanta melancolía como para no olvidarme de dónde vengo. Eso es muy importante.
Existen domingos en los que voy a misa para hablarle a Dios, porque capaz me escucha mejor ahí. Otros domingos voy a Makena.
Los domingos, desde que vivo solo, se han convertido en un estatuto de conciencia. Algunas veces escribo, otras veces leo.
Mi familia los domingos solía alarmarse: había que dejar todo impoluto para el lunes. Ahora mis domingos son lentos y nunca se va al súper, porque los domingos todo el mundo hace eso. Por la noche suelo ver YouTube, un impuesto que pago por ser iPad kid. Otras noches tomo una moto a lo de Tomás, en Devoto, que suele hostear cenas increíbles y sorprende con la mesa dulce.
Si estoy en Belgrano, algunos domingos tomo café en lo de Joaco porque los lunes no abren. Los lunes me gusta tomar mate, pero de los lunes no hablaremos porque los lunes son un negocio aparte.
Finalmente, los domingos, cuando el cansancio me invade, el ego no me pesa tanto. Muy de vez en cuando rezo por la gente que quiero, aunque digo que lo hago frecuentemente.
Nunca abro la computadora del laburo los domingos, ni peleo ni argumento demasiado. Prefiero asomarme en el balcón, mirar al cielo (que no es igual al de Coronel Suárez, obviamente) para ver una que otra estrella, o confundirla con un avión que aparece en el cielo saliendo de Jorge Newbery.
Los domingos suelo escribir y, una vez que termino de hacerlo, mi mente se relaja, el ruido interno cesa y puedo dar por terminada una semana más.
No debería tener preferencia por algún día en particular pero, los domingos, son definitivamente una excepción.




love you