Empapado en agosto
Caminar sin paraguas, lo único que no cambia mientras cae la lluvia
En un mundo donde todo se reinventa y todo cambia, hay cosas que me gusta que se mantengan iguales.
Es agosto, está terminando el mes y llueve sin parar.
No a cántaros, pero sí lo suficiente como para que la campera beige que decidí usar deje de ser una buena idea y parezca, irónicamente, un pollo empapado. Es curioso lo legitimado que está empaparse un día de lluvia —como si fuese una medalla—, y lo poco aceptado que está usar paraguas; como si tener uno te abriera una brecha más crítica que el miedo a cruzar la barrera de los treinta, o te restara, literalmente, mil de aura.
Sobre los meses anteriores podría dar justificaciones de por qué no volví a escribir. No lo haré.
Estuve escribiendo en mi mente. Hay algo en este artículo y en su ejecución que viene de episodios aleatorios pero consecutivos de los últimas meses.
Momentos sueltos que fui anotando en el celular, cuando se me paralizó el mundo por un segundo —porque así le llama la Gen Z a estar presente— y percibí que estaba vivo. En esos instantes pensé: de esto tengo que escribir.
Sobre los últimos meses
En la calle Bolívar, a un par de cuadras de Plaza de Mayo, una mañana de julio a las seis y media de la mañana, la neblina jugueteaba con las luces cálidas y frías de la Parroquia Loyola. A metros del antiguo recinto del Congreso, algo en los adoquines y en los trabajadores que caminaban con sólo los ojos visibles —porque tenían bufandas, buzos y camperas cubriéndose todo— me pegó. Probablemente habían venido del sur al centro para laburar. El viento helado y húmedo del invierno porteño me hacía doler la punta de la nariz. Irónicamente, lo disfrutaba. Ahí me cayó la ficha: estoy en el centro de una ciudad mágica.
No sé si ayudó saber que era mi última semana en un trabajo donde aprendí mucho pero también limitaba mi crecimiento —no sólo profesional sino humano y creativo—. Bailaban cómplices la rebeldía y una libertad un poco ficticia: renunciar para ir a otro lugar, como sí lo desconocido llenara el hueco de lo posible. Nuevos desafíos, nuevas caras, nuevos endeavours. Ahí estaba, como siempre mal abrigado, invadido por una sensación de vitalidad.
Yo no lo sabía, pero ese momento tomaría sentido semanas después. Una conversación completamente extraña —y si no hubiese estado con Gabriel, parecería inventada— con un viejo a la salida de un súper un sábado a la tarde, sobre la avenida Naón. El tipo repetía: “Cada uno es el artífice de su propio destino”. Israel —así se presentó— habló sin freno por al menos treinta minutos, como si tuviera un mensaje urgente y efímero que compartir desde hacía tiempo.
Antes me había ofrecido a ayudarlo a cargar siete botellas de Coca-Cola al baúl. Tenía una dificultad motriz evidente. En fin: artífice —me quedó rebotando— es el arte con que se ejecutan las acciones. Israel, que dijo tener 90 años, confesó no temer a la muerte porque había vivido siendo el artífice de su vida. Me pareció estoico. Y ahí estaba yo, él es uruguayo y vivió desde joven en Argentina; y me pude identificar con él despertándome temprano en microcentro, lejos de casa, cambiando de empleo, redireccionando la vida académica, adaptándome a una nueva casa, orquestando proyectos. Siendo el artífice de mi propia vida, que quizá no sea enigmática ni extraordinaria, pero es mía.
Ahí entendí que lo que tienen en común el éxito y el fracaso es que son los extremos de un mismo palo. El movimiento inherente al cambio, y la cantidad de veces que me estrello la cara contra el vidrio, no sólo le agregan una raya más al tigre: me acercan a entender cuál es mi definición de éxito.
Hay un poema famoso de Rudyard Kipling, “If”, que me cambió la concepción de éxito y fracaso:
Si puedes soñar—y no hacer de los sueños tu amo;
Si puedes pensar—y no hacer del pensamiento tu fin;
Si puedes encontrarte con el Éxito y con el Fracaso
Y tratar a esos dos impostores de la misma manera;
Si puedes soportar oír la verdad que has dicho
Retorcida por bribones para atrapar a los necios,
O contemplar las cosas a las que diste tu vida, rotas,
Y agacharte a reconstruirlas con gastadas herramientas…
Entonces, en un mundo donde todo cambia, yo me estoy reinventando, sí, pero también mantengo iguales muchas cosas: escoger esta ciudad, ir al mismo café, rezar las mismas oraciones, escuchar los mismos álbumes. Porque elegir el camino propio —por más estoico que suene— no es resistirse al cambio; muchas veces el camino propio también es quedarse, pausar y notar.
Tomé decisiones importantes. Y lo enigmático no es sentir que las horas del día no alcanzan o que no hay espacio para sentir demasiado u observar en lugar de mirar: es dar por sentado que tengo la posibilidad de decidir y ejecutar esos cambios. En otras partes del mundo, los conflictos bélicos cohiben cualquier poder de decisión; y, sin irnos del continente, países como Venezuela vulneran garantías y suprimen derechos fundamentales. Pensar en eso también ordena la brújula.
Podría hablar de la vez que volvía en el 41 y dos personas se besaban en el medio del colectivo. Era tarde. Yo estaba derrotado académicamente y sin rumbo. Nadie se inmutó. Y, aun en esa energía caótica, estaban ellos pintando de colores la noche. Me recordó que estoy vivo.
Podría contar cuando me subí a una moto el único día de sol después de dos semanas de lluvia (mi mamá no aprobaría). Sonaba The Strokes en los auriculares. Miré el cielo a través del plástico del casco y vi los árboles sin hojas abrazándose al girar desde Cabildo hacia José Hernández, la calle que se llama como mi abuelo, a quien no conocí. Me conmovió sentir el sol en el antebrazo y, aun en la vida ruidosa, recordar que Dios me abraza en los detalles.
Podría hablar de los rostros de quienes sirven a los más vulnerables en Buenos Aires, abanderados por la Santa Sede, que actúan en silencio, con misericordia, y me hicieron volver a creer en la humanidad a través del servicio.
Podría hablar de las personas que me miraron a los ojos —con algunas intimé— y, aun así, no dejé de pensar en esa sonrisa de esa persona los domingos a la noche, de cuando frecuentaba el mismo lugar. Me crucé con esos ojos sin querer y, otras veces, me lancé a eventos sólo para encontrarlos, una peña, una acción caritativa o un encuentro cualquiera.
Verte era suficiente acto de servicio para mí. Y, quizás no fui lo suficientemente estridente como para ser notado, pero mi ausencia, tal vez, sí fue lo suficientemente ruidosa.
Podría hablar del café recién filtrado tostado por Ligce: lo bebí sin esperar nada y terminé encontrando perfiles de miel y manzanilla. Esa mañana me dolía la garganta, necesitaba algo caliente y, en un sorbo, pude recorrer la curva entera del tostado.
Podrán convencerme de que el cambio es inevitable. De que la inteligencia artificial —irónicamente, mi empleador— transformará todo. Pero hay cosas inherentes e irremplazables para mí, para quienes vengan y para el mundo que quiero ayudar a dejar: habitar el presente, amar, esperar, sentir.
Agosto sigue lloviendo. Y yo sigo eligiendo caminar sin paraguas, aunque termine chorreando agua igual. Porque en medio de lo que cambia, todavía me aferro a esos gestos mínimos: el café de siempre, la oración susurrada, la canción que no caduca. Tal vez ahí, en esas repeticiones íntimas, está mi manera de recordar que sigo vivo.






