Dejé de buscar validación académica
Una reflexión sobre el ego académico, la movilidad, las renuncias y la búsqueda de identidad
Desde el piso trece la ciudad parece tranquila, pero mis últimos meses han sido todo lo contrario.
Estoy apoyado en la baranda de la terraza, el sol es tenue y rojo aurora; este acaricia a esta hora de la tarde las fachadas blancas, grises y terracota de los edificios de enfrente, convirtiéndolas en un retrato sublime que anuncia arrogantemente el fin prematuro de la primavera en la ciudad que parece estar de moda.
Detenerme unos minutos para apreciar lo que sucedía hizo que se me acelerara la respiración; el ritmo de carrera y la velocidad en la que han sucedido estos meses ha sido crudo. Hay una fatiga colectiva y melancólica que va cediendo en la cara de todos, típica de fin de año. Faltan casi siete semanas para despedir el dos mil veinticinco y me pregunto si alguna vez un año ha compactado tantas ilusiones, proyectos, desafíos, y hasta ahora me es difícil de encontrar.
Ir en retrospectiva aliviana el peso de la rapidez y a su vez me confirma cuán ágil y versátil me he convertido
He perdido el hábito de tomar la microfibra 0.2 y plasmar en el papel las cosas que me gustaría contar pero, en su lugar, me han sucedido cosas que me han hecho sentir más vivo que nunca:
En septiembre armé un bouquet de flores para el cumpleaños de una amiga por primera vez, escuché en vinilo Veinticinco de Adele en un sitio pretencioso que se llama Artlab, un espacio comunitario de intercambio artístico en un barrio que parece ser más básico de lo que aclama ser. Anduve en moto más de lo que tomé el subte o el bondi, con la excusa de llegar más rápido a los lugares y para levantar la cabeza mientras observo con más detalle los balcones y las personas que reposan sus brazos mirando pacientemente al tráfico pasar.


Con la llegada de la primavera muchas cosas comenzaron a desembocarse para fluir naturalmente con la corriente; dejé el trabajo en una de las mejores agencias de publicidad del mundo para el cliente de inteligencia artificial más importante del momento, a fin de entrar en la industria tabacalera. Quise desafiar mi ego profesional al incorporarme en el área de servicios comerciales y de trade marketing: no más estrategia, no más IA, solo ejecución e innovación en un sector completamente distinto para salir del B2C y entrar al B2B, salir de Paid Search y entrar en Trade. Ha sido explorar una arista distinta pero emocionante que me ha mantenido ocupado las semanas pasadas.
Finalizando septiembre, después de haberme prometido que no cambiaría de empleo de vuelta este año, ahí me encontraba yo con varios colegas, un canadiense que se sumó unas semanas a nosotros, en Gibraltar —un pub inglés en San Telmo— jugando pool con ellos y con el embajador de un país nórdico a altas horas de la noche, donde tomé la decisión de mantenerme en movimiento y arriesgarme al cambio, porque, al final, ¿no es la fórmula la que dice “the more you fuck around, the more you find out”?


Mi retrospectiva profesional y mi evolución es algo de lo cual estoy orgulloso; es resultado de mucha constancia, fe, preparación y tiempo. Sin embargo, como si no fuera suficiente, el fantasma académico me sigue persiguiendo. A mis veinticuatro años he tenido una experiencia valiosa a nivel superior: me he inscripto en cinco carreras diferentes, en dos universidades distintas —la pública, la privada—: comunicación, administración, contabilidad, marketing; más de veinticinco materias aprobadas, una docena de finales sin rendir, una sed insaciable de encontrar el academic path que se ajuste a mí y ningún título.
Para mi familia el éxito académico es de los más importantes. Es entendible porque la movilidad social ascendente de una persona letrada es estadísticamente considerable. Ahora, mi reto personal estaba basado en cómo puedo pensar en su consolidación sin que constituya un factor decisivo emocional en el mejor de los casos, o una pesadilla como ha sido últimamente.
¿En qué lugar encuentra la enseñanza superior la condescendencia a mi generación y a los que tuvimos que trabajar, migrar, crecer y reinventarnos en la que parece ser la época más intersectante de las últimas décadas?
No puedo evitar mirar en retrospectiva mi pasado académico y no sentir vergüenza; sin embargo, hoy, después de muchísimos meses, entendí un comentario de un colega: el paso por la vida universitaria no debe ser el eje central de tu vida adulta sino un hobby. Aprendí —sin cuestionar— a cursar mis estudios superiores bajo el afán del cronómetro de la validación familiar y académica más que la imperiosa necesidad pragmática del conocimiento.
A menos de dos meses de encarar el dos mil veintiséis orbité en los pensamientos de cuáles serían mis próximos pasos, proyectos y metas a ejecutar, pero estoy aturdido por el título académico. ¿Dónde está? Esa pregunta me persigue, me humilla, me denigra.
Estoy hecho de curiosidad, creatividad, materialización, divinidad e ideas, y me prometí hoy que mi meta del año próximo no estará anclada al título sino a la absorción del conocimiento.
Y aunque graduarse significa el resultado de no desistir, mantenerse en el mismo eje y concesionar, me alegro muchísimo de desistir, cambiar de camino, explorar y crecer, porque eso me ha permitido no sólo existir sino vivir.
Si tuviera que nacer de vuelta y decidir tener un título a esta edad pero no haber vivido la cantidad de experiencias que me atravesaron, elegiría el camino que recorrí hasta ahora sin titubear, aunque eso me costara la validación de mucha gente que amo.
En el supuesto donde sos lo que alcanzás, si la historia sustrayera de mí la parte académica, aún quedarían un sinfín de cosas para definirme. Nunca seré lo que estudié y pensarlo así me libera una carga pesada. Desde mi primer contacto universitario en la Universidad de Buenos Aires en marzo del 2019, hasta hoy estuve muy equivocado en la percepción que tengo del academicismo y, a partir de hoy, rompo este paradigma para habitar el proceso de formación “no para un fin, sino para un encuentro”.


No es en la facultad donde se construyen los profesionales excepcionales, es en la volatilidad de la historia de cada uno y su capacidad de adaptación. La formación y su titulación es mero reconocimiento egocéntrico que valida el mérito —cómo no—, pero no compone una parte estructural del carácter, según mi criterio.
¿Quiénes somos más allá de nuestra nacionalidad, título o cargo actual? Esa es la verdadera pregunta.
Si la agilidad y la versatilidad se han aferrado a mí como este ideal raro sobre lo académico, octubre y noviembre fueron meses memorables y prueba de ello: desde yo subiéndome al escenario en Afro-Mamma para el cumpleaños de Joaquina hasta terminar con ella el jueves pasado en un evento de la Fundación Argentina de Amigos de Museos, donde discutimos sobre el paralelismo del arte y su hábitat para nuestra generación y cómo su democratización debería estar más orientada al arte como la infancia, orgánica de habitar y su decodificación. La vida responde abiertamente al nivel de agradecimiento y fidelidad al carácter y la personalidad que no solo engendramos sino la que consolidamos, y estoy entusiasmado por los próximos últimos días del año y los que están por venir.
El silencio ya no aturde más, las veredas se han achicado. Los colores ahora son más cálidos. El bullicio forma parte del ruido blanco que es connatural al paisaje. No existen más contracturas ni pensamientos en antepretérito. Revisitar lo que se cree para rasgar en las heridas del pasado y en las memorias fundadas es entonces un acto de rebeldía: inquietud que deconstruye lo infundado, desploma las bases perceptivas para liberar el canvas, y es ahí donde permite incluso edificar sobre los cimientos y escombros de obras que nunca estuvieron en el campo de lo posible.





