Cómo sos cuando nadie te ve
Cuando la validación ya no alcanza
En un mundo donde nadie parece escuchar lo que el otro dice, las conversaciones que tenemos con nosotros mismos se vuelven las más importantes.
Es fácil saber cuando alguien te cae bien o no y está directamente relacionado al sentido del humor, los temas de conversación que se sostienen con naturalidad o las veces donde una conversación es irremable. Es fácil determinar cómo te cae alguien si luego cuarenta minutos aparece el sentimiento de estar realmente presente o si te sentís completamente drenado.
Cuando se trata de alguien más, las señales suelen ser evidentísimas, ahora cuando compete a uno mismo todo parece distorsionarse y se torna condescendiente y hasta patético. Me preguntaba el otro día, ¿me caigo bien? y si no existiesen otras personas a mi alrededor ¿disfrutaría de conversar, debatir o simplemente escucharme a mí mismo? En este punto de inflexión, cómo realmente sos cuando nadie te ve comienza a ser un hecho de facto, no sólo importante sino, determinante.
¿Soy consciente de qué es lo que me moviliza? ¿de cómo escucho la música? ¿soy de los que reproducen canciones aleatorias shazameadas a lo largo de la semana, o de los que se detienen para escuchar los álbumes enteros? ¿comienzo y termino los libros que leo, o los dejo a la mitad?, ¿soy de los que recorren el museo de punta a punta en una hora o de quienes, pausadamente, como si el tiempo no pasara, recorren un menos de la mitad de las galerías y se pierden decorando los detalles de las obras de esos artistas trastornados?
Ahora cuando vos estás solo en casa ¿seguís agarrando la copa del tallo o posas los dedos sobre el cuerpo con sentimiento de culpa? ¿podrás cocinar con detalle y propósito el desayuno del lunes temprano como cocinarás para la cita del viernes a la noche? ¿cortas la palta igual a como lo harías cuando tenés visita en casa?
Me inquieta y me seduce la pregunta: ¿realmente me caigo bien?
Al pasar el tiempo y en la medida que la vida adulta se va desarrollando, los primeros enfrentamientos reales con uno mismo ocurren al dejar la casa de nuestros padres y depender financieramente de ellos, cuando se llega a ese punto, al abrir la puerta de casa, es enfrentarse a un mundo al que nosotros mismos hemos creado, el color del cual hemos decidido pintar nuestra pared, la marca del dentífrico que hemos elegido para cepillarse a diario los dientes y el varietal del aceite de oliva que elegimos para cocinar, sobre esas elecciones, que parecen banales y mundanas se esconde la interrogante: ¿soy consciente? ¿me gustan?
El otro día salí y recuerdo en un punto así como cuando te cae la ficha por algo que venís dando vuelta hace mucho se me acabó (lo que mi generación llama) batería social, y ahí estaba yo lejos de casa, con una camisa, un trago en la mano izquierda escuchando hablar a la gente en un idioma que sólo se traducía en: no me interesa lo que están hablando, no quiero estar aquí.
El Jorge de unos años atrás se hubiese quedado; el de hoy se sintió traicionado ante la sola idea de hacerlo. De pronto, quienes hablaban estructuraban sus frases en un tiempo verbal que me irritaba, seguidas por silencios de rechazo y miradas interesadas, encriptadas, desesperadas por validación y hambre de pertenencia. Nadie miraba a nadie a los ojos por más de unos segundos, nadie escuchaba a nadie genuinamente: competíamos, muy legítimamente, por quién escupía más datos, como si los egos pudieran medirse el miembro. Y me pregunté, casi indignado: ¿qué hago acá? Y aún peor, ¿soy yo como ellos?
Me levanté de la mesa, saludé a todos y me fui.
Volví a casa caminando esa noche, decidí dejar enredados los auriculares y escuchar la cantidad de preguntas que parecían venir encima, en silencio, estaba completamente abochornado e inundado de preguntas sobre si yo me caía bien, después de un rato caminando, llegué a casa y me quedé sentado en una especie de transe, aún sin quitarme los zapatos, en la esquina de mi cama.
Existían dos opciones, eran mis veinticuatro años anunciando el desarrollo de mi lóbulo frontal o me estaba cayendo la ficha sobre el hecho de que construir el carácter no es solamente sobre la interacción con un tercero sino sobre el diálogo interno que uno se tiene. Sentí el vacío por un instante, todo lo que soy, todo lo que hecho, todo lo que he escrito, conversado, amado, viajado, creado entonces ¿me define? Y si lo hace ¿estoy yo de acuerdo con esa definición?
Mi inclinación partidaria, mis pintores favoritos, mi eje religioso, mi corte de pelo, el espectro de colores sobre el cual he habitado, el barrio que elegí, el perfume que decido usar, inclusive la prioridad que decidí darle a algunos caminos a lo largo de mis años, todo esto ¿me define? ¿estoy yo de acuerdo?
Después de pensarlo, concluí que no estaba ni de acuerdo ni en desacuerdo con quién soy. Algo sí entendí: ya en el silencio de casa, me volqué a hacer cosas que, sin pensarlo demasiado, están incorporadas en mí: me di una ducha, usé el jabón que compro hace años, usé el mismo desodorante de siempre, preparé un té de manzanilla doble, con dos cucharadas de azúcar, como lo bebía cuando era adolescente. Escuché otra vez el mismo álbum de Chris Isaak, abrí la puerta del balcón y me senté a mirar el cielo. El ruido era sordo y, por un momento, me sentí cómodo, en paz. Aún sin tener respuestas, estoy conmigo, y ese Jorge me cayó bien.
Lo que queda por delante ahora parece ser un canvas en blanco, más amplio para algunos, más estrecho para otros. Aun cuando nadie me ve sigo llenando mi copa de vino menos de lo habitual y tomándola del tallo, dejo enfriar el café porque me gusta así. No consigo ser déspota y tengo un carácter fuerte: soy amable, aunque no me tiembla la voz para ordenarle los patitos a cualquiera si se le salen de la fila. Escucho lo que pienso con la misma atención con la que escucho a alguien que quiero y aunque no sé si soy igual cuando alguien me ve que cuando estoy solo, algo puedo afirmar con certeza y temple: si el reto de mis veinte era caerme bien y aprender a lidiar conmigo, pude hacerlo extrañamente bien, y deseo que todos puedan decir lo mismo.
En un mundo donde buscamos tanto la validación externa, espero que en algún momento sea tendencia no solo validarnos, sino caernos bien.



