Aplastado por São Paulo
El peso invisible de lo incierto
La cotidianidad puede, muchas veces, sesgar la toma de decisiones. Así que, para tener un poco de perspectiva, abandoné Buenos Aires, subí a un avión y me fui a Brasil por casi un mes.
Lo que no esperaba de este viaje era estar volviendo al aeropuerto el último día y pensar: “¿Debería vivir aquí?”
Hace más de un año visité São Paulo bajo la premisa de seguir un cronograma un tanto ajustado, a fin de conocer la mayor cantidad de lugares culturales y lograr amigarme con lo que significa la brasilidade.
El viaje de este año fue completamente distinto: sin cronograma, sin listas, sin pretensiones. Básicamente, escuchar más, comer más y dejarme sorprender.
Pensar en Brasil es pensar directamente en Río de Janeiro, Floripa o algún pueblo recóndito lleno de samba, serenidad y playa para descansar. Pero a veces aparece la sorpresa del layover en Guarulhos (el aeropuerto de São Paulo) y, aunque pueda parecer un destino puente, recomiendo arduamente desembarcar aquí, porque me parece que está por convertirse en un destino predilecto para comer, bailar, escuchar, consumir cultura y conocer gente interesante.
El paulista tiene ínfulas cosmopolitas y eso lo hace curioso. La ciudad parece tener un efecto dominó en el que, una vez te dejás llevar, podés terminar comiendo una baguette artesanal rellena de tomates italianos por tres dólares en una galería revalorizada del centro, hasta empaparte en el barrio chino y hacer una fila de una hora para comer el mejor ramen de la ciudad por nueve dólares.
Más allá de la inexplicable diversidad de las personas que caminan apuradas y el tráfico aplastante, el paulista camina con la cabeza bien en alto aunque no pare de llover. Resignaron el lugar de ser la capital administrativa de Brasil, pero se apropiaron del hecho de convertirse en la capital cultural.
Y ahí estaba yo, en la casa de mi amiga de la infancia Valentina quién es intérprete y traductora reconocida debatiendo sobre qué hacer con mi estadía.
Me quedé en Guarulhos, que está a 45 minutos del centro de São Paulo sin tráfico y a una hora y media durante la hora pico. Lo interesante de esto es que me permitió ver el contraste de las personas que hacen vida en el centro pero viven en las afueras de la ciudad: eso cambia el ritmo, el consumo y el entorno. El habitus de Guarulhos es distinto al de São Paulo, pero coincide en algo: ambos están persiguiendo algo.
Cuando vivís mucho tiempo en la misma ciudad, podés pecar de naturalizar cosas que no son habituales, con Buenos Aires me pasa eso y en parte el proposito de este viaje era resignificar mi ciudad mediante la exploración de otras. Lo nuevo siempre parece más atractivo, más curioso y mejor, ahora mi desafío fue navegar en las arterías de SP, esuccha rsu gente, las historias, los ruidos y poder entender por qué el paulista así como el porteño coinciden en un elegante nivel arrogancia que, en mi opinión, es súper necesaria.
Mi selección de cafés y la ruta paulista infalible
No es muy sabido, o al menos no lo era para mí, pero São Paulo es un epicentro de café, y sería irónico que no lo fuera. La densidad de museos y centros culturales compite directamente con la cantidad de cafés per cápita, creando un ecosistema donde la estética y la cafeína se apasionan.
Al estar en el centro de una rueda económica con acceso directo al grano verde de Minas Gerais y otras regiones productoras, no explotar este proceso sería casi un sacrilegio; São Paulo tomó esa oportunidad de cerrar el círculo entre la tierra y el cafecito calibrado y bien hecho.
Por supuesto que, dentro de mis prioridades turísticas, está el café. A lo largo de mis días laburando y vacacionando ahí fui a varios sitios, y no puedo parar de pensar en:


Mi primera parada fue en Vila Buarque. Conocí a Luciana Faria y André Juventil el año pasado aquí en Buenos Aires; son la cabeza de esta cadena de cafecitos que parecen ser refugios en medio de la densidad. De estética brutalista y descentralizada, me tomé un excelente cappuccino, ideal para acompañar con un carrot cake (que en Brasil sirven sin nueces y con chocolate negro en vez de frosting).
Lu y André logran transmitir esa pasión por el buen diseño, el amor al ADN brasileño y el buen café. Es un must go.


Lo conocí en mi primer viaje a Brasil y es un excelente lugar para hacer remoto. Es como si fuera un patio selvático con muy buena comida; me hace recordar muchísimo a la hospitalidad de Chuí.
Están cansados de ver gringos porque está en Pinheiros, que es el equivalente a la gentrificación de Condesa en DF o Palermo en CABA. Tuve que devolver mi primer café porque no estaba bueno, pero el segundo que me trajeron fue fácilmente el flat white más rico de este viaje y el motivo por el cual volvería a Futuro.


Si SP fuera una persona, sería este café. Fue mi opción predilecta y el que más frecuenté en este viaje. Queda en el centro, a dos cuadras de la estación República; está justo en una esquina y la barra está en formato de isla en medio del lugar.
Dirigido por mujeres baristas que no solo saben lo que hacen, sino que tienen un respeto profundo por la identidad del barrio y los granos que sirven. El mejor filtrado de la ciudad está acá y, por si no fuera poco, siempre tienen dos opciones: un filtrado del día y otro especial servido en una taza hogareña que fácilmente podría estar en la alacena de tu casa.
Bonita es el spot para una excelente V60 o un batch brew. Está lleno de gente que parece ser demasiado despreocupada y snob como para tener que estar sentada en una oficina un martes a las 10 am, y un oficinista que se escapa para pedir un café para llevar, irónicamente, convergen en el mismo espacio.


Que la cantidad de gente conceptual y performativa que va a este lugar no nuble lo bueno que es este café. El tema acá es que tienen literalmente la versión de un Porsche, pero en Marzocco: un grano perfectamente tostado y a Keila, una barista de la puta madre, en el centro del negocio, que circula casi en automático.
Aunque lo descubrí al final del viaje, tomé uno de los espressos más memorables de toda la experiencia.
Dato curioso, no menor: es un excelente lugar para hacer networking y conocer gente interesante.
Qué hacer cuando el plan es no tener plan
Salir de joda es equivalente a previar acá en Argentina. Estate listo para que la joda acabe a la una de la madrugada, lo cual está mal, pero no tan mal. El centro se pone durante la tarde-noche y está lleno de propuestas gastronómicas autóctonas: gente que se sienta en la vereda a tomar birra fría, sánduches de mortadela artesanales y bares con mucha personalidad.
Mi highlight de este viaje fue un lugar de ramen en el barrio Liberdade que se llama ASKA. Extremadamente acogedor, con la cocina abierta; recomiendo sentarse en la barra. Es fácilmente una opción ganadora para comer asiático en São Paulo.
Después de cenar, la otra noche fui a Ephigenia, una fiesta que se hace en la terraza de un edificio con vista 360° a la ciudad. Me sorprendió la versatilidad de la música y lo organizado que está el desorden del lugar. Definitivamente es de los mejores lugares para salir de noche.
Los bares de karaoke están muy de moda. Fuimos a Tokio también y no pude parar de cantar canciones con caras que ya se hacían conocidas dentro de la órbita de la tribu del centro.
Comer bien también es una forma de sobrevivir a la ciudad
Una cosa pude detectar coincidentemente entre varias personas a lo largo de los días: la hora de la comida. Parece algo básico o aleatorio, pero Buenos Aires tiene fama por ser una ciudad llena de estándares altos, peligrosamente estéticos, impulsando una ola preocupante de TCA alrededor de la población.
El porteño, por lo dinámica que es la ciudad, zafa con un mate a la mañana y almuerza lo que puede.
Algo que pude notar a lo largo de este viaje es la disponibilidad absurda de opciones saludables y nutritivas al paso que ofrece São Paulo. Me cansé de comer prato feito, que es literalmente un balance perfecto entre carbohidratos, vegetales y proteína, que no solo era absurdamente barato, sino que estaba disponible en todos lados.
Eso demuestra, tal vez, por qué el brasileño, generalizando, en promedio es mucho más feliz. Imaginate lo fugaz de la ciudad y poder balancear lo nutricional en medio del caos.


That’s why people are hot en Brasil. Maybe?
Es un tema de democratización de la alimentación saludable y no de la lujificación de la vida saludable, como ocurre en Buenos Aires, donde legitimamos casi sin darnos cuenta que está bien pagar por una ensalada casi 20 dólares.
De algún modo siento que São Paulo acompaña un equilibrio entre la productividad y la salud de la gente, hablando solo de los que tienen el privilegio de vivir en la ciudad y hacer vida ahí.
Volviendo a Buenos Aires, me desafía el hecho de poder estar en constante movimiento y mejorar los hábitos alimenticios. En esta ocasión, ese es un punto clave donde siento que Brasil nos lleva la delantera.
Açaí, turismo y el caos gastronómico
Aunque São Paulo no es el lugar ideal para hablar de açaí (y mis amigos de Manaus me lo van a confirmar), me tomé el arduo laburo de tomar açaí la mayor cantidad de veces posibles. Si hay algo top tier de ese país, es esa cosa de locos.
El açaí no solo es saludable, sino que es como si el helado estuviese en esteroides y fuese mucho más complejo.
A esta altura, la falta de organización de este trip me llevó pragmáticamente al lado gastronómico, y justo antes de terminar el viaje me di cuenta de que no había metido en la agenda ningún museo.
En mi cabeza, despertar tarde, caminar media cuadra desde la casa de Valentina, pedir un salgado, un jugo de naranja exprimido y un prato feito se había convertido en el tipo de turismo que Anthony Bourdain (si estuviera vivo) seguramente hubiese validado.
Para no dejar pasar la oportunidad de pisar un museo, me propuse ir a alguno que me encontrara en algún momento. Durante mi segunda semana me vi con Ori, una amiga de mi infancia también, que así como Victoria había decidido por algún motivo terminar en la misma ciudad.
Moema es residencial. Pasa esa vibra de ser mucho más calma y segura. Está cerca del aeropuerto que después tuve que googlear el nombre y, mientras caminás por las calles, te das cuenta de que podés verle la panza a los aviones que pasan casi rozando la punta de los edificios.
En ese barrio comí una burger extremadamente buena en un puesto de la calle llamado Chico Grill, enfrente de un McDonald’s irónicamente, donde hacían la carne en una parrilla de carbón con una especie de pinchos de carne y pollo que son mouth-watering.
Ori me rescató el sábado de esa misma semana para conocer el famosísimo, según Reddit, parque de Ibirapuera. Ahí caminamos mientras un montón de gente estaba corriendo su kilómetro número 16, un sinfín de gringos andaban en bicis alquiladas super-facturadas y nosotros debatimos entre conocer el Museo Afro Brasil o seguir caminando.
Para mí fue la oportunidad perfecta para llenar mi ego y decir que había, después de casi 20 días, pisado una instalación cultural y no un sitio donde sumara calorías.
En el parque Ibirapuera, la exposición de Emanoel Araujo te recibe con un pasillo de paredes, suelo y luz blanca lleno de objetos blancos que interactúan con el espectador, desafiando rupturas sociales y estimulando la crítica sobre la participación afroamericana en diferentes instancias materiales.
A mí, en la primera instancia, me llamó muchísimo la atención una de las primeras obras: eran grupos de piedras blancas agrupadas sin orden aparente. Algunas formaban una especie de fuerte; otras estaban encimadas aleatoriamente. No reparé en leer el nombre en ese primer momento y seguí con el recorrido.
El Museo Afro Brasil fue, a mi parecer, la joya de este viaje. No es solo un necesario acervo artístico riquísimo sobre la migración forzada y extremadamente violenta de la comunidad africana a Brasil, sino que es un espacio altamente educativo y preciso.
Durante gran parte de la historia de la humanidad, el arte estuvo centrado en Europa. Esta mirada eurocentrista del arte, según mi opinión, marginó completamente a las mentes artísticas latinoamericanas y directamente oprimió durante siglos a los artistas negros.
Ese día se inauguraba una exposición temporal y afroamericanos de todas partes acudieron al museo para presenciarla.
Rescatar la historia, exhibirla y ponerla en uno de los lugares más importantes de la ciudad no solo habla sobre el respeto a la diversidad que hay en Brasil, sino de un proceso de redención que es necesario para esta comunidad.
Debo admitir que mi paso por el museo se sintió un poco impersonal, y no pude evitar sentirme ignorante y culpable.
Al final, Araujo tenía razón con las piedras de la primera obra: estamos tan aplastados por el peso de nuestra historia, nuestro macro y microentorno y nuestra etnia que no movemos nuestro interés para solidarizarnos con las historias y contextos de lo que es diferente a nosotros.
Este museo ha sido una de las visitas más conmovedoras, disruptivas y necesarias culturalmente que he tenido en Brasil. Definitivamente vale la pena esta visita.
Lo curioso de São Paulo es cómo las tribus urbanas interactúan ilógicamente entre sí; cómo la diversidad se encuentra en lugares como el Edificio Copan o la estación de Luz. Cientos de miles de personas coinciden en lo pasajero para hacer de una ciudad de concreto un foco cultural listo para ser exportado.
Ahí entendí que no se trata de vivir en São Paulo, sino de no quedarse quieto.
No me mudaría a SP, pero me llevo una incomodidad necesaria: la sensación de que moverse no es una opción, es una responsabilidad. El dinamismo de esta ciudad hace obligatorio cuestionar la comodidad con la que habitamos nuestra propia casa. Vuelvo a Buenos Aires con un hambre que se despertó en alguna esquina de República: la de vivir en una ciudad que me exija, al menos, estar a la altura de su propio caos.












me genraste la necesidad de ir a san pablo!!!!