Al 76% no le interesa qué está haciendo su ex*
Los resultados hablan (pero también mienten)
Hay tres cosas que no podemos pretender que no existen: el hecho de que vamos a morir, la deuda que tenemos en el banco y nuestro ex.
En un arranque de esos que dan los domingos a la tarde, cuando te convences de que puedes reestructurar tu vida en dos horas, pensé: extraño a mi ex. Pero luego me cuestioné si "extrañar" era un verbo demasiado contundente. Quizás no lo extrañaba, pero sí tenía curiosidad por saber qué estaba haciendo.
Uno de mis ex tiene una cuenta de comida anónima desde donde, asumiendo que nadie lo nota, stalkea sin vergüenza alguna. Es probable que no me extrañe, pero la curiosidad es intrínseca; seguro también se pregunta qué andaré haciendo.
Al final, un ex es esa persona que en algún punto creíste que estaría en tu vida mucho más tiempo del que realmente duró.
Así que hice lo que cualquier persona con internet haría: publiqué una historia en Instagram con una encuesta. La pregunta era simple: ¿Te interesa qué está haciendo tu ex? El 24% respondió que sí; el 76% lo negó. Unos 132 votos en total. No es una muestra representativa de la sociedad, pero sí de algo más interesante: la gente miente. Porque, aunque muchos lo negaron, estoy seguro de que, en el fondo, lo han pensado.
Para honrar a mis últimos tres ex —y también al porcentaje del mundo que no admite interés por su pasado—, comparto con ustedes tres cartas que escribí en distintos momentos. En su momento, poner estas palabras sobre el papel me ayudó a sacar a flote no solo mi vulnerabilidad, sino partes de mí que ni siquiera conocía.
Cuando un vínculo se rompe, las emociones llegan todas juntas y sin aviso. Escribirlas no solo eterniza el instante en el que sucedieron, sino que también nos eterniza a nosotros mismos.
No tengo complejo de Alanis Morissette cuando escribió Unsent, pero... ¿y si nos atreviéramos a contar nuestras historias en el proceso? ¿No sanaríamos un poco? ¿No encontraríamos a alguien que empatizara con lo que estuvimos pasando? O, aún más irónico, ¿No estaríamos poniendo en palabras lo que el otro ni siquiera sabe cómo escribir?
Tres cartas. Tres personas distintas una situationship, un noviazgo y un amor de verano.
Pipoca (2022)
Increíble pasar de encajar tal engranaje de un reloj caro cuando estaba contigo, y ahora que te has ido, no consigo ser siquiera pieza de un rompecabezas de cinco.
Muy bueno, muy malo. Muy alto, muy bajo. Muy aventajado, muy básico.
¿Por qué, después de que te fuiste, no logro caminar derecho, hablar sin titubear, pasar por las mismas calles sin escuchar los mismos diálogos que tuvimos, ahora ahogados e irregulares? ¿Por qué, desde que te fuiste, aún estoy esperando a que regreses, aparezcas, vengas? Y, ¿por qué aún me emociona pensar que puedes estar pensándome?
Fuiste tan abrupto que ahora desconfío, recelo, dudo. Poniendo un pie adelante con el otro firme atrás por si un día decides volver.
¿Por qué ahora no tengo paciencia para entender a nadie ni las ganas de perderme en los brazos de alguien más? Porque solo tengo la paciencia para entenderte a vos y solo quiero que seas tú quien me encuentre.
"¿Cómo te ha ido?", pregunto, a ver si alguien da razón de ti. ¿Dónde estarás? Divago desesperado al encontrar una foto tuya en el café donde solías ir.
¿Dónde estás? ¿Has reído? ¿Qué sentiste al reencontrarte con Pipoca el mes pasado? Qué irónico, ¿no? Yo preguntándole a otra persona por la traducción de "pochoclo" cuando tú me habías explicado, por casi media hora, la etimología de la palabra (porque así se llama el labrador que tantas ganas tuve de conocer), la noche que me contaste lo mucho que te gusta la ciudad donde ya no estás.
¿Cómo le digo a mis amigos que no he vuelto a aquel lugar que tanto me gusta porque no soporto la idea de estar un minuto ahí sin escucharte hablar con tu acento raro y verte fumar a la mitad un cigarro?
Borré nuestras conversaciones porque no soportaba el hecho de husmear en las cosas que hablábamos cuando estabas. Y ahora, acá, enfrentando los pensamientos que tanto he evadido, comienzo a sentir que lo nuestro nunca fue, y se desvanece cada vez más cuando sale el sol por las mañanas.
Nunca existió una foto juntos porque, cada vez que nos veíamos, no había necesidad de documentarlo: nos eternizábamos en cada segundo en que nuestras miradas se encontraban.
Me quedo sobrepensando en qué rol debería actuar, si perplejo estaba de cómo no tenía necesidad de definir nada en lo absoluto cuando coincidía contigo. Aparentemente, ahora solo repito patrones, doy vueltas dentro de una misma sala, añorando alguna semejanza con la manera en que tocabas, hablabas y hasta caminabas.
Siempre aferrado a lo inconcluso, ¿no? A lo descarado, a lo incierto, a lo irresponsable.
Más de una vez me encontré repitiendo las mismas escenas, los mismos momentos que creamos, buenos y malos. Tal vez repito escenas con la esperanza de volver a ese tiempo en que el reloj no importaba. Solo nosotros.
Confianza (2022)
Fluían dos energías que ardían y bailaban entre sí. Orbitaban libremente, dejando una estela luminosa por doquier, pintaban el suelo de colores en cada paso que daban. Armonizaban escalas, atacaban corcheas y reafinaban en staccato, limpio, a tempo, sin desfase.
De la nada, un sonido intermitente, corto, que quemaba el tímpano como el zumbido de un mosquito, aturdió la secuencia.
—Qué frío —susurré en voz alta.
Silbaba un chofer a lo lejos mientras caminaba confiado, como quien ha estado toda su vida en un lugar. Se anunciaba el tren por el parlante. Faltan un par de minutos y pesan los segundos, pensé, no como cuando estaba contigo; ahí volaban, fugaces, como la luz o el relámpago del Catatumbo que se asomaba tímido en las noches de vacaciones, cuando visitaba el pueblo donde nací.
Apareció, lejana, la voz de una anciana que provenía del vagón de atrás. Ahogada, irrumpía el silencio que se había formado tras tanto tiempo de escuchar el sonido uniforme y rectilíneo que lo invadía todo un instante atrás.
Pesada. Como cuando mojaba el asiento trasero del auto al volver de la playa, empapado en agua salada, lleno de arena en los bolsillos y con los pies sucios porque había decidido nadar una última vez antes de volver a casa y seguir en la monotonía. ¿Así se siente la culpa, quizás?
Y es que, hacía meses, el fuego en mi pecho estaba apagado. Cenizas rezagadas se juntaban sin la más mínima esperanza de volver a convertirse en llama. Pero llegaste vos, casi inadvertido, a encender mi fuego.
Con la pierna sobre el apoyabrazos estaba sentado, me dolía la espalda. Volví en mí y me acomodé en el asiento del tren, apoyando la espalda recta. Miré por la ventana: luces tenues y, a lo lejos, una ventana lo suficientemente grande e iluminada. Dentro, una familia cenaba.
Danzaba la energía flamante de cuando se juntaban nuestras almas y creábamos canciones sin leer siquiera un pentagrama. A guataca, como cuando afiné tanto el oído al tocar para la sinfónica que eso me impidió caer por un acantilado.
Las puertas del tren se cerraron de golpe. La ansiedad me invadió bruscamente, sacándome de la secuencia. Volví a retomar el pensamiento, ahora con dificultad, distante, ajeno.
¿Cuántas vidas he atravesado? ¿O qué tan intenso es el sentir? Me aturde el silencio de vuelta. Ahora es el aire que entra por las ventanas entreabiertas, silbando y gritando con el sonido del riel y la velocidad que impulsa al tren.
¿Cómo se enciende una llama?
Calor. Combustible. Oxígeno.
Que no se encienda el fuego de la misma forma no significa que nuestras almas no sean inflamables.
Que no afinemos al primer compás no significa que no podamos tocar la pieza.
Que no pintemos multicolor el suelo no significa que no podamos crear una obra de arte.
"Estación 3 de Febrero". Osadía de interrumpirme tiene el estado de alerta. Una pieza vieja del vagón rechina, ahogada. ¿Quién diría que el ruido aturdiría el silencio en esta ciudad que no calla ni un segundo? Que todo lo sabe, pero nada a la vez.
Y si amar es como la música (veamos, de mucho sentido no carece, bastante lógico capaz es), un recorrido de constancia y disciplina que puede quebrarse fácilmente, que se construye arduamente... La ausencia de práctica por días puede destruir el trabajo de meses. Retomar es cuesta arriba, nunca se vuelve al mismo punto. Pero si se practica y se sigue con esmero, no solo se recupera la maestría, sino que se puede superar la capacidad.
Se me resbalaron las llaves de las manos. Sin darme cuenta, estaba en la puerta de casa. ¡Cómo conozco el camino! Barbaridad pura. Como conocía el mar que costeaba mi ciudad, el punto de profundidad donde, si me esforzaba en puntillas, podía respirar; pero si nadaba, lo hacía tranquilo.
Y esas energías que antes se afinaban naturalmente, ahora apenas logran tocar una nota en sintonía. Como el miedo al instinto que rompe y acaba con el talento. Ni hablar de qué tan fácil es apagar la llama y cuán difícil es prenderla.
—Perdón —susurré en voz alta y miré a los lados, como si estuviera rodeado por una multitud. Pero no había nadie en la sala.
Como aquel músico pequeño que fui, que odiaba la constancia pero amaba la libertad de las escalas, se encontrará una nueva forma de armonizar las notas.
Como aquel niño que temía prender un fósforo por miedo a quemarse, se hallará la manera de encender la llama de vuelta, aun cuando no exista chispa fácil.
Como aquel artista que, en su momento, creó colores para pintar no solo el suelo, sino también el cielo.
Porque una vez que se enciende el fuego, abarca todo, consume a su paso y no distingue ni hace concesión. Como la confianza.
Porque, como Jobim reza: "El que quiere todas las notas —re, mi, fa, sol, la, si, do— se queda sin nota alguna. Quédate en una nota só."
Y, como el artista que sin saberlo pinta su obra más valiosa, sin imaginar que hará historia, así te encontré yo cuando comenzaba el otoño, sin saber que entrarías en mi corazón... no solo por una estación.
Un grafiquito (2023)
Te vi y me estremecí un poco, porque tu jeito me resultaba familiar.
La noche que te conocí no podía evitar verte de reojo. Cuando hablabas tu voz se escuchaba mucho mejor que la de todos y tu risa era más contagiosa que la de los demás.
Quería despistarme para no pensar lo cómodo que me sentí viéndote tirado en el suelo, cantando una canción que no conocía. Y ahí, así como cuando comía el mismo plato que preparaba mi abuela cuando la vida no era tan rebuscada, se relajaron los pensamientos y se me escapó una sonrisa.
Intenté no pensarlo pero, me olvidé por un rato que estabas ahí, meses después sólo queda divagar,
¿Eres? ¿O sólo te define la idealización que creé de ti?
¿Vienes? ¿O sólo te imaginé yéndote, porque di por hecho que en algún momento viniste?
¿Entiendes? ¿O te hago un grafiquito?
Si llegaste hasta acá, gracias. Estas cartas son el resultado de lo que no dije, lo que me guarde por orgullo.
Un ex forma parte del pasado pero del presente también, nunca somos los mismos después de un vínculo.
Pero al final, lo importante no es si todavía me interesa qué estarán haciendo, sino lo que hago con lo que quedó de cada historia. Y si el 76% dice que no le importa, mejor. Más espacio para quienes se atreven a mirar atrás, no para quedarse, sino para entenderse mejor antes de seguir adelante.
Nos vemos el próximo miércoles.







😘